Frí (que no frío) en Islandia

Volver de vacaciones siempre es difícil.

Se tiende a pensar “hace una semana estaba en…”, “¿Te acuerdas que el martes pasado justo íbamos de camino a…?” pero al cabo de una semana se te pasa y vuelves a la rutina.

Pues bien, ha pasado más de un mes desde que volvimos de Islandia, y seguimos igual. No sabemos qué tiene ese país, que nos ha dejado totalmente encandilados y que nos hace repetir una y otra vez, que algún día, por algún tiempo, viviremos ahí.

Islandia

Pero empecemos por el principio…

El viaje a Islandia ha sido con toda certeza, el viaje que hemos preparado con más antelación, pues compramos los billetes en febrero (eran el regalo de cumple de Borja) pero no volamos hasta septiembre. Teníamos todo preparado: la ruta, los alojamientos, el coche… Sólo faltaba lo más importante: volar. Pero apenas unos días antes un volcán del que nunca antes habíamos oído hablar, el Bárðarbunga, empezó a dar la lata en la isla… Incluso hubo una pequeña erupción en una fisura al norte del glaciar Vatnajökull. Los periódicos se llenaron de la noche a la mañana de cientos de noticias de lo terrible que podría ser que el volcán entrase en erupción y de noticias alarmistas en las que se daba por cerrado el espacio aéreo europeo. Menos mal que no pasó de ahí y que a pesar de las catastróficas previsiones, el vuelo salió en hora y llegó sin problemas a Reykjavík, la capital más septentrional del mundo.

Catedral de Reikjavik

Las dos primeras noches las pasamos allí. Nuestro plan era salir a investigar nada más llegar del aeropuerto, pero entre el mal tiempo que hacía, lo cansados que estábamos y lo tarde que llegamos, (y que nuestro “casero” tenía ganas de hablar), al final caímos rendidos en la cama con la idea de despertarnos temprano al día siguiente para que nos diese tiempo a ver la ciudad en tan sólo un día.

No solo nos dio tiempo a ver la ciudad, sino que dimos vueltas y vueltas haciendo tiempo. Y hasta nos dió tiempo a probar las delicias culinarias “típicas” de Reikjavik: comimos un perrito caliente en el lugar donde el mismísimo Bill Clinton dijo haber encontrado el más delicioso del mundo. Incluso probamos una sopa de langosta que vendían en un puestecito por la calle, que nos supo a gloria (y que era infinítamente mejor que el perrito… Lo sentimos Bill).

Reikjavik

A pesar de que Reykjavík es una ciudad que tiene mucho encanto, lo cierto es que no merece la pena pasar más de medio día ahí, sobre todo teniendo en cuenta todo lo que espera fuera de la ciudad. Sin duda lo más recomendable, es subir a la torre de la catedral, pues ofrece una vista panorámica de la ciudad que ayuda a hacerse una idea de lo “grande” que es y además se tiene una vista privilegiada de  las casitas de colores tan características de la capital islandesa.

Reikjavik

Al día siguiente por fin cogimos un coche, lo que marcó el verdadero principio de nuestro viaje y que supuso más de 4.000km de ruta en 6 días.

El primer día recorrimos el círculo dorado, que es una de las rutas más típicas para hacer y muchas empresas dedicadas a tours lo ofertan como viaje de un día. Lo malo es está muy pegada a la capital, y suele estar todo lleno de turistas (sí, turistas como nosotros). El “círculo” está formado por el area geotérmica de Haukadalur, Gullfoss y Þingvellir.

La primera parada la hicimos en la zona geotérmica, ya que pasando por Þingvellir vimos que entraban muchos autobuses. Además creemos que es la introducción perfecta al país, que ya “de primeras” te deja con la boca abierta.

Geysir

La mayor parte de las zonas con agua están valladas, pues la temperatura que puede llegar a tener el agua es extremadamente alta… Hay pequeñas pozas de agua cristalina que están borboteando. Por supuesto lo más característico de esa parada son los géiseres (que se llaman así debido a Geysir, el primer géiser en ser descrito, que se encuentra justo ahí).

Geysir

Desgraciadamente Geysir está bastante calmado últimamente, debido a que había gente que pensaba que si le echaban productos químicos y alguna que otra piedra saldría un chorro más potente. Por suerte a pocos metros se encuentra Strokkur, que expulsa un potente chorro de agua cada 5-10 minutos. Es imponente ver como de repente el agua más azul que os hayáis imaginado, forma una ruidosa explosión que moja a todos los que se encuentran cerca (hay que tener cuidado con las cámaras) y vuelve a bajar como si no pasase nada… Te deja sin palabras.

Nuestro viaje continuó hacia la catarata Gullfoss, un impresionante salto de agua que está “dividido” en dos caidas: un salto de 11 metros y otro de 21. Una de las cosas más impactantes es que la catarata cae en una garganta muy estrecha y parece que se la traga la tierra. Es importante ir con chubasquero, pues el spray de agua te acaba empapando.

Gullfoss

Para nuestra siguiente parada del día, volvimos atrás en nuestro recorrido rezando por que todos los autobuses se hubiesen ido del parque nacional de Þingvellir, que es muy conocido por encontrarse entre dos placas tectónicas: la euroasiática y la americana. Dejamos el coche bastante distante para caminar un rato puesto que esa zona hay que pasearla tranquilamente. El problema fue que lo dejamos más lejos de lo que pensábamos y se nos fastidió el “timing” del día (teníamos todo calculadísimo)… Con lo cual las últimas visitas las hicimos con menos luz de la deseada.

Entre placas

Nos quedamos con ganas de hacer una excursión en la que se bucea entre las placas tectónicas. Eso sí, para ello te ponen un traje especial con el que el muñeco de “Michelín” parece un fideo a tu lado. Nadar entre las placas se ha quedado sin duda pendiente para nuestro próximo viaje… ¡Queremos sentirnos como los icebergs flotando en agua helada!

Thingvellir

Nuestra última para del día eran las cascadas de Hraunfossar y Barnafoss, que estaban lejos, muy lejos. Para llegar allí podíamos elegir dos caminos: uno que era la carretera 550, y que estaba marcado como un camino interior de grava que  tenía un tramo que según el contrato del coche podíamos hacer (¡Mentira! esa carretera no era de montaña…) Y otro costeando el oeste por la carretera principal y que nos acercaba a otro punto de interés: la catarata Glymur, que por cierto no pudimos ver porque había que hacer una ruta de 3 horas andando y no teníamos tiempo. La dejaremos para la próxima. Borja sigue creyendo a día de hoy que la carretera 550 habría sido la opción correcta porque que pasas cerca de lenguas glaciares y ves algo del interior de la isla, además de que el camino era mas directo a las cascadas.

Lo bueno fue que como llegamos muy tarde, estábamos solos. Hraunfossar y Barnafoss están muy cerca la una de la otra y resultan de lo más curiosas. Hraunfossar o “cascada de lava” aparece entre las plantas, filtrada debajo de la tierra dando un efecto muy extraño y característico. Barnafoss es menos espectacular que su vecina, pero el atronador torrente de agua que atraviesa el pequeño cañon asusta.

Hraunfossar

Después de esto “solo” nos quedaba llegar a la granja donde dormimos ese día, que estaba en lo más profundo, del valle más ocuro, más ventoso, con el camino más pedregoso y con las ovejas más suicidas del mundo. Fue una verdadera tortura llegar allí, pero lo conseguimos y lo “mejor” de todo fue que los dueños de la casa nos esperaban con un suculento aperitivo de tiburón que hizo que nos acordásemos de nuestras madres cuando limpian los sillones con amoniaco, porque el tiburón sabe exageradamente a amoniaco (a pesar de eso, Borja que nunca dice que no a la comida, repitió). También nos dieron a probar pescado seco (literalmente) que tampoco lo recomendamos demasiado.

¡Os seguiremos contando nuestras aventuras en el país del hielo y el fuego en nuestro próximo post!

Borja and the rainbow

 

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