A 30 Metros Bajo el Hielo

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Una de las razones por las que decidimos volver a Islandia en invierno, fue para poder ir a la cueva de hielo: una excursión en la que puedes caminar por debajo de un glaciar. Pero antes de llegar a la cueva, teníamos prevista alguna que otra parada más.

El día empezó viajando con un sol espléndido por los fiordos del este del país. Las vistas eran impresionantes. Mirases donde mirases merecía la pena parar para hacer una foto.

Islandia - Fiordos del Este

¡Incluso vimos una manada de renos! fue impresionante, pues nunca antes habíamos visto renos salvajes. Ana Pilar ,que es una “loca de los animales”, salió del coche para acercarse a ellos y así poder verlos de cerca, pero lo único que consiguió es que los pobres se asustasen y saliesen corriendo (por suerte pudimos ver más manadas a lo largo de la carretera).

Renos en Islandia

El recorrido de este día contrastó totalmente con lo que habíamos visto en los días anteriores (que era nieve básicamente), pues el clima en gran parte de la zona Sur y Oeste de la isla es subpolar oceánico. Esto es debido a que está afectado por la corriente del Atlántico Norte y por eso es algo más suave que en el Norte, Este y centro de la isla, donde se pueden encontrar el clima de Tundra con un par de clases de clima Continental según la Clasificación Climática de Köppen.

Caballos Islandeses

Nuestra primera ‘parada oficial’ del día, fue en la península de Stokksnes en las proximidades de Höfn. Este lugar es conocido por el antiguo asentamiento vikingo que se encontraba en la zona y por el imponente cortado montañoso que lo rodea; Vestrahorn.

Vestrahorn

Borja hizo unas fotografías espectaculares del entorno (que por cierto fue base del ejército de Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial), pero es una pena porque no muestran lo grandísimas que eran las montañas que rodeaban la península ni la tranquilidad que se respiraba ahí…  Nos quedamos con las ganas de investigar la zona más en profundidad, pero la ‘hora del hielo’ se acercaba y no podíamos llegar tarde.

Jökulsárlón

Tras llegar al lago de Jökulsárlón (el lago glaciar más conocido de Islandia), nos subimos al coche de la excursión, que tenía las ruedas más grandes que hemos visto en toda nuestra vida… ¡Y menos mal! Pues de camino al lago glaciar tuvimos que vadear ríos, bajar cuestas que casi eran precipicios de lo inclinadas que estaban, charcos de barro que nos habrían cubierto hasta la cadera… Desde luego no es un camino para hacerlo sin un coche especial.

Coche Islandia

Una vez llegamos a la entrada de la cueva, nos equiparon con crampones y cascos, y nos explicaron cómo iba  ser el recorrido. Nos sorprendió gratamente saber que nos iban a dejar ‘campar a nuestras anchas’ por el hielo milenario.

Ese día nos habíamos abrigado más de lo normal (por eso parecemos bolitas en todas las fotos), pensando que en la cueva de hielo iba a hacer un frío horrible, pero desde luego fue todo lo contrario: se estaba genial 🙂 (seguramente porque no soplaba el viento helador que caracteriza a Islandia).

Borja y Tami cueva de hielo

La cueva era espectacular. Todos los todos de azul que os podáis imaginar están ahí dentro. El hielo de las paredes de la cueva está perfectamente pulido por la erosión, las formas ondulantes y las pequeñas escamas que se aprecias cuando te acercas te dejan atrapado y pensando la de años que lleva ese hielo ahi, a parte es tan cristalino que si te concentras en ver el interior del hielo se ven burbujas de hielo, fisurillas y alguna que otra roca. Es una pena que los glaciares están desapareciendo…no deja de ser alucinantes que estuvieramos caminando a más de 30 metros bajo la superficie.

Chupones de hielo

El guía de la cueva nos llevó a un pequeño grupo hacia una zona más alejada y un poco angosta (de hecho yo me tuve que salir porque era muy, muy estrecho y bastante agobiante) y nos dijo que por la mañana esa zona estaba inundada, y que hacía mucho que no habían llegado tan lejos dentro de la cueva. Hay que reconocer que los crampones te facilitan la vida muchísimo… Fue una pena que lo descubriésemos cuando ya habíamos pasado la mayor parte de las zonas de hielo, porque nos había salvado de más de un culetazo.

Ice Cave

No se cuanto tiempo estuvimos en la cueva, pero desde luego nos faltó tiempo para fotografiar todo lo que vimos, y desde luego aunque en las fotos se ve bonita, no se puede comparar con la sensación de estar dentro, de tocar el hielo (y hasta de darle algún lametón) y de ver el tono azulado del ambiente.

Cueva de hielo

Al salir de la cueva nos recogió el coche gigante y nos llevó de vuelta al lago glaciar, con la mala suerte de que empezó a caer el diluvio universal. Tras dar una vuelta rápida por la orilla del lago (donde por cierto había un grupo de focas nadando tranquilamente), decidimos ir en búsqueda de nuestro alojamiento para esa noche, pues el tiempo no tenía pinta de mejorar (si no todo lo contrario) y además estábamos empapados de arriba a abajo.

Bloque de hielo

La cabaña donde dormimos ese día era preciosa: una pequeña casita de madera de lo más acogedora a los pies de una montaña en el pueblo de Hof, situado a unos 20 kilómetros del parque natural de Skaftafell. El pueblo no debía tener más de 15 casas (incluyendo nuestra cabaña). También había una iglesia muy bonita muy del estilo de la isla.

Iglesia en Islandia

Fue uno de los sitios más bonitos donde dormimos sin lugar a dudas, pero por supuesto, el tiempo nos jugó una mala pasada… ¡Que os contaremos en nuestro próximo post! 🙂

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