De Paseo por Waimea

Tras pasar un par de días en Waikiki para librarnos del jet-lag, cogimos un vuelo con la ya-desaparecida aerolínea Island Air (la cerraron por sorpresa unos pocos días después de volar nosotros) con destino a Kauai, la Isla Jardín. Ésta es la isla más antigua y septentrional del archipiélago y está apodada “la Isla Jardín” debido a su exuberante vegetación. En el interior de esta isla se encuentra Mount Waialeale, que es uno de los puntos más húmedos del planeta. Como nota curiosa, está prohibido por ley construir edificios que sean más altos que una palmera.

Hanalei Village

El vuelo entre Oahu y Kauai es posiblemente el vuelo más corto en el que hemos estado nunca. De hecho en lo que tardamos en bebernos el zumo que nos dio la azafata (bueno, lo llamaban zumo pero era “Tang” aguado de toda la vida), ya empezamos a descender.

Tuvimos un poco de mala suerte y nos retrasaron el vuelo desde Oahu un par de horas, por lo que llegamos a Kauai más tarde de lo pensado, y no pudimos hacer las excursiones que teníamos pensadas ese día. Sin embargo nos dio tiempo a llevarnos una muy buena primera impresión de la Isla. Uno de sitios que más no impactó fue la primera vez que cruzamos el río Wailua por la carretera. Nunca habíamos visto un sitio tan verde y tan bonito… Parecía salido de una postal. También nos llamó la atención que había gallos por todas partes. Sabíamos que en Hawaii había gallos salvajes, pero en ninguna de las islas vimos tantos como en Kauai.Hawaiian Rooster

De hecho los gallos eran nuestro despertador a diario. Nos alojamos en una casa de AirBnB (posiblemente la peor en la que hemos estado hasta la fecha: todos los utensilios de cocina estaban oxidados, la casa estaba sucia… Y no había nadie para recibirnos, por lo que nos costó un buen rato encontrar la entrada). Sin embargo esa casa tuvo 3 cosas que hicieron que mereciera la pena:

  1. Los gallos-despertadores (entre ellos y el jet lag madrugábamos más que el sol).
  2. Conocimos a Julia. Una chica Austriaca muy maja con la que hicimos algunas excursiones y que ha prometido venir a visitarnos a Edimburgo cuando mejore el tiempo.
  3. El pájaro que dormía en el porche. La casa tenía un pequeño y destartalado porche lleno de viejas herramientas oxidadas y cuerdas de tender. La primera noche, oímos a un pájaro cantar de una forma muy peculiar. Fuera estaba lloviendo y oscuro, con lo cual no esperábamos ver nada… Pero por suerte, iluminado por la luz que salía a través de la ventana de la cocina, vimos un pequeño pajarillo sentado en las cuerdas de tender. El pajarillo nos miraba fijamente igual que nosotros le mirábamos a el. Pero ambos mantuvimos las distancias. El pájaro pasaba allí las noches, al cobijo de la lluvia y se iba por la mañana temprano (uno de los días lo vimos irse). Todas las noches que pasamos en esa casa, el pajarito vino a dormir.

Birds of Hawaii

En Kauai por fin comenzamos con nuestras tradicionales “excursiones de andar en vacaciones” que tanto caracterizan nuestros viajes por el mundo. La primera de todas fue al Waimea Canyon, un imponente cañón que se ha ganado el mote de “El Gran Cañón del Pacífico” (aunque es más pequeño que el Gran Cañón). Para llegar ahí, había que ir a la zona sur-oeste de la Isla. Tras un par de desacuerdos entre los carteles de la carretera y Google Maps, decidimos hacer caso a la tecnología que nos condujo por un camino más largo que el que marcaban los carteles, pero que nos llevó a un sitio totalmente inesperado: la Red Dirt Waterfall.

Red Dirt Waterfall

Esta pequeña catarata se encuentra en la subida hacia el mirador del cañón y el pueblo de Waimea, subiendo por Waimea Drive. Es simplemente increíble. Es tan, tan rojo, que parece falso. El suelo mojado resbala bastante (pues es arcilla) y caerse es bastante fácil, por lo que hay que andar con pies de plomo. Tras dar un paseo rápido por la zona, seguimos nuestro camino hacia el Waimea Lookout, donde íbamos a hacer nuestra primera caminata.

Las vistas del cañón eran espectaculares, era un sitio precioso. Sin embargo, antes de ir habíamos encontrado una ruta de caminar que prometía vistas aún mejores (con menos turistas) y además una catarata. Así que no pudimos decir que no: nos pusimos las botas, anti-mosquitos y nos cargamos con agua y nos pusimos a caminar. Cuando llevábamos unos 20 minutos bajando por un estrecho camino lleno de barro, me di cuenta de que me había dejado mis gafas encima del capó del coche… Los que sigáis nuestro blog, sabréis que esto no es la primera vez que me pasa… El año pasado me dejé la cartera de Borja encima del coche y salió volando por la carretera. Deshicimos el camino tan rápido como pudimos, y tuvimos la suerte de encontrarlas en el mismo sitio donde las habíamos dejado.

Waimea Canyon

Volvimos a emprender el camino, observando cómo las personas que venían de subida lo hacían manchadas de barro hasta arriba. Cuando buscamos información sobre esta ruta (Waimea Falls) en internet, ponía que el camino podía tener barro, pero no estábamos preparados para lo que nos íbamos a encontrar. A medida que íbamos bajando y nos adentrábamos más en el valle, la humedad iba aumentando… Hasta que nos vimos inmersos en unas zonas que era auténticos barrizales. Los pasamos más o menos bien, hasta que llegamos a un punto donde había una pequeña cuerda que no podía estar más sucia, atada a un árbol bastante endeble y que servía como ayuda para subir un repecho. El repecho en cuestión, fue la parte más dura de todo el camino. Era imposible avanzar,  caías hacia abajo sin remedio. Las opciones era coger la cuerda y condenarte a mancharte de barro hasta las orejas, o ir por las raíces de los árboles y mancharte menos pero arriesgándote a una caída o resbalón. Yo opté por la cuerda, mientras que Borja optó por las raíces… Aunque tras quedarse atrapado a mitad de camino tuvo que resignarse y agarrarse a la cuerda. No tenemos ninguna foto de ese sitio porque salimos tan, tan sucios, que nos daba miedo manchar la cámara. Lo mejor fue que una vez pasamos ese tramo, nos dimos cuenta que teníamos que volver por el mismo sitio… y si subir había sido un suplicio, bajar no iba a ser mucho mejor. Pero decidimos preocuparnos de eso cuando llegase el momento. Así que manchados de barro hasta las cejas, seguimos nuestro camino.

Waimea Canyon

Llegamos por fin a la primera parada del camino, dónde estaba el mirador del cañón que ofrecía unas vistas muy bonitas. Tras quitarnos un poco el barro, seguimos andando para llegar a las cataratas. El terreno seguía siendo arcilloso y además estaba en una zona en la que se anunciaba “peligro de riadas” y “precipicios peligrosos”. En realidad no vimos ni riadas ni precipicios peligrosos, pero sí una catarata muy bonita.

Waipoo Falls

La catarata grande sólo se puede ver a lo lejos o desde un helicóptero, pues acercarte al caudal es demasiado peligroso. Cuando comenzamos a deshacer el camino, estábamos un poco preocupados por la cuesta de barro que nos esperaba, sin embargo Borja, tirando de su habilidad con los mapas, encontró un camino alternativo que resultó ser “coser y cantar”. Pronto descubrimos que era una alternativa a la ruta original que se recomendaba para familias… Pero bueno, hay que reconocer que la experiencia de la cuesta de barro fue muy divertida, aunque no fue la peor experiencia con el barro de todo el viaje.

Tras llegar al coche y espantar a todos los gallos que había alrededor para no atropellarlos, nos pusimos en marcha hacia la segunda caminata del día que pensamos que era “la fácil” pero fue todo lo contrario. Este camino se llamaba Awa’awapuhi Trail,  y estaba en Koke’e State Park.

Kokee State Park

La caminata era de 8 millas relativamente sencillas, pero llenas de barro y cuestas.  Como pensamos que iba a ser una ruta más corta (pensábamos que eran 4 millas en total, no 4 de ida y otras cuatro de vuelta) no llevamos demasiada agua, lo cual fue un error muy grande. Por suerte a la vuelta llovió un poquito lo que nos ayudó a refrescarnos bastante. La ruta en sí, es agradable, vas rodeado de vegetación en todo momento (no hay vistas de nada más que bosque). Por el camino vimos varias plantas de lo más curiosas. Sin duda la que más nos llamó la atención fue “la planta de los pezones” (por el parecido con esa parte del cuerpo). Al principio del camino además, había pequeñas señales tipo “jardín botánico” dónde te explicaban algunos tipos de árbol.

Planta de "pezones"

Sin embargo, lo impresionante de este ruta es el final. Tras las 4 millas andando, llegas a un mirador donde hay una vista espectacular de los “Palis” (acantilados) que dan el nombre a la Costa Napalí de Kauai. Desde el mirador puedes andar hasta el filo de una roca, desde dónde hay una vista increíble de la Costa Napalí. Es sin duda una de las panorámicas más bonitas de las que disfrutamos durante nuestro viaje.

Costa Napalí

Tras deshacer el camino y beber un poco de agua, nos pusimos en marcha a nuestro último destino de ese día: Polihale State Park. Este parque está formado de una playa larguísima de arena fina, que es famosa por tener unos atardeceres espectaculares. Lo malo es que también tiene fama de tener corrientes muy peligrosas, por lo que el baño está más que desaconsejado.

Tras abandonar el coche en un camino que parecía que llevaba a la playa, y andar lo que pareció una eternidad sobre dunas de arena, por fin encontramos un buen sitio para ver el atardecer. La verdad es que la playa era espectacular, con la Costa Napalí “vigilando” por un lado y una playa infinita por el otro. Si no hubiera sido por el viento (que hacía que los granos de arena actuasen como látigos en nuestra piel) podríamos haber estado allí horas.
Atardece en Polihale

Cuando se fue el sol, decidimos poner rumbo a casa de nuevo. Deshicimos el camino para llegar al coche… o eso pensábamos. Cuando llegábamos a donde creíamos que habíamos aparcado, no encontramos nuestro coche. Así que tuvimos que ponernos a caminar de un lado para otro hasta encontrarlo. Aunque no tardamos mucho, la verdad es que fue un poco agobiante, porque ya se había ido la luz y estábamos un poquito desorientados. Por suerte encontramos el coche, el camino de vuelta y el pajarito estaba esperándonos en el porche cuando llegamos a casa.

Y así terminó el primero de unos días inolvidables en Kauai.

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