Kalalau: mosquitos, sudor y lágrimas

Sabíamos a lo que íbamos. Eso desde luego.

Nos habíamos preparado bien: teníamos comida de sobra, pastillas potabilizadoras para el agua de la catarata y los riachuelos, zapatillas de agua para cruzar los ríos, tienda de campaña, saco de dormir, anti-mosquitos, linternas, tiritas (no se puede salir de casa sin tiritas), crema para el sol, chubasquero para las lluvias tropicales… Y por supuesto cámara de fotos. Sin embargo la preparación más importante, que tenía que haber sido la mental, nos falló un poquito. Pero todo a su tiempo.

Napali Coast

Desde el primer momento en el que decidimos ir a Hawaii, Borja encontró un trail de esos que le gustan tanto a él y que tanto me hacen sufrir a mi (por lo menos hasta que llego a ellos y veo que no son para tanto). La caminata estrella de este viaje (y de Hawaii en general) fue el Kalalau Trail.

El Kalalau Trail son 11 millas (unos 18 kilómetros) en la Costa Napalí (uno de los lugares más espectaculares del archipiélago) en la isla de Kauai. 11 Millas durante las cuales atraviesas ríos, pasas por playas desiertas muy bonitas, acantilados de 30 metros en los que caminas por el filo… Y caminos estrechísimos en medio de la selva tropical. Es sin duda uno de los sitios más bonitos e impresionantes en los que hemos estado.

Caminando por la selva

Las primeras 2 millas las puede hacer todo el mundo y te llevan hasta la playa de Hanakpapiai. Sin embargo si quieres continuar hacia Kalalau, necesitas un permiso especial que cuesta 20$ por persona y por día y que te permite caminar por el trail y acampar en él. Durante el camino puedes acampar en un par de sitios: en la milla 6 (hay un lugar techado preparado) y al final del camino, en la Kalalau Beach en la milla 11. Nosotros decidimos hacer el camino en dos días y pasar la noche en la playa de Kalalau. Durante el trail la cobertura es inexistente, por lo que si hay alguna emergencia es conveniente llevar una radio (que nadie o casi nadie lleva). Tampoco hay fuentes o agua potable, por lo que hay que llevar alguna forma para sanear el agua de los riachuelos y cataratas para poder beberla. Nosotros nos decidimos por pastillas potabilizadoras.

Listos para Kalalau

El día de Kalalau empezó temprano, aunque no empezamos a andar hasta cerca de las 9 de la mañana (más tarde de lo que nos habría gustado). Las dos primeras millas fueron coser y cantar, lo cual nos motivó bastante y hasta nos tomamos el tiempo de descansar en la primera playa. Pero a partir de ahí, la cosa fue distinta. El camino se estrechó considerablemente y empezamos a subir y a bajar unos desniveles bastante acusados por un camino que perfectamente podría haber sido sacado de un decorado de película. ¡Era precioso! Árboles y palmeras por todas partes, frutas de la pasión por el camino, algún que otro árbol de aguacates… Y hojas más grandes de lo que habíamos visto jamás. Pero a medida que aumentaron las cuestas y la vegetación, también aumentaron el barro que, el calor y la humedad, que era un poco agobiante.

Esto sólo fue el principio del barro

El barro era tan denso en algunos lugares, que se pegaba a la botas haciendo las suelas cada vez más gruesas y más resbaladizas. En algunas ocasiones incluso hacía ventosa haciendo caminar más costoso de lo normal y por supuesto retrasándonos notablemente, pues había que andar con mil ojos para no resbalarnos o caernos. Cuando llevábamos andando lo que parecía una eternidad, decidimos parar a recuperar energías comiendo un plátano y bebiendo un poco de agua en un punto que creíamos cercano a la milla 5. Mientras disfrutábamos del paisaje, coincidimos con un par de chicos asiáticos que volvían de la playa. Les preguntamos que cuánto tiempo nos quedaba para llegar y nos dijeron “bueno, pues os quedan como 10 minutos para llegar a la milla 3… Así que por lo menos una hora por milla”. No os vamos a mentir, nos quedamos un poco chafados… Pensábamos que habíamos avanzado mucho más.

Borja caminando

Con eso en mente nos “pusimos las pilas” y retomamos el camino con más energía que antes, pues teníamos que llegar a la playa antes de que anocheciera, ya que hacer ese camino de noche sería difícil y posiblemente algo peligroso.

Seguimos andando cruzando varios riachuelos, barrizales y hasta vimos cabras (a las cuales asustamos dando unas palmadas porque nos estaba mirando mal, pero corrieron ladera arriba provocando una importante caída de rocas de tamaño considerable, que pasaron a pocos metros de nosotros. Lección aprendida).

Costa Napali

Uno de los puntos más “esperados” del camino, era la famosa milla 7. El punto conocido como “Crawler’s Ledge” – Un arduo acantilado de 30 metros con un estrecho camino justo en el borde que tiene fama de ser peligroso (varias personas han muerto ahí) sobre todo en condiciones de viento y lluvia. Habíamos visto varios vídeos en internet, leído varios comentarios… Por lo que íbamos bastante preparados para afrontar ese trozo del camino (aunque reconoceré que tuve un momento de pánico al ver la señal que anunciaba el comienzo del acantilado).

Os diremos una cosa: a pesar del mal nombre que tiene ese punto del camino, no es ni de lejos la parte que da más miedo ni la más peligrosa. Las hay mucho peores. Aun así dejar ese punto del camino atrás fue todo un alivio.

Crawlers ledge - By Wade A. Henry

El trozo de camino que venía justo después del Crawler’s Ledge fue algo más complicado, pues es todo terreno arcilloso en acantilado, con un camino muy estrecho. Por suerte en el camino de ida hacía sol y estaba seco, por lo que lo pasamos sin dificultad. El camino de vuelta fue otra cosa…

Clay Cliffs - By Wade A. Henry

Seguimos andando, cuesta arriba, cuesta abajo, rocas arriba, rocas abajo… Con unas mochilas que parecía que iban ganando kilos a medida que avanzábamos, y cada vez con menos espacio para picaduras de mosquito en nuestras piernas. El camino siguió bien hasta que como unos auténticos pardillos, nos perdimos. Hay que reconocer que fue culpa mía, pues en ese momento iba “liderando el camino” (Borja no se habría perdido jamás). En un punto entre la milla 8 y la 9, había que rodear un árbol. El árbol tenía en un lado rocas, y en el otro camino, por lo que haciendo caso a mi sentido común, seguí por el camino (que además tenía pisadas).

Vegetación Kalalau

Seguimos avanzando pero el sendero se fue complicando cada vez más: desniveles en los que había que descolgarse por rocas, caminos excesivamente estrechos… Hasta que llegamos a una cuesta de barro que debía tener unos 40 grados de inclinación “esto será difícil de subir” pensamos en ese momento. La cuesta de barro llegaba a un riachuelo, el cual cruzamos sin problema. Sin embargo, al llegar al otro lado, las huellas de personas desaparecieron y no se veía demasiado claro por dónde seguía el camino. Ahí fue cuando nos dimos cuenta de que tenía que haber un error, por lo que –un poco asustados y agobiados- decidimos deshacer el camino. Subir la cuesta de barro fue un engorro, porque además de llenarnos de barro, nos llenamos de hormigas que subían por nuestros brazos. Pero todavíá peor fue subir las paredes de rocas con las mochilas a la espalda… Al llegar al sendero (y descubrir que el árbol tenía una pequeña flecha que nos habría ahorrado todo el desvío) estábamos cansadísimos (sobre todo el pobre Borja que llevaba la mochila más pesada) y bastante desmoralizados. Hacía tiempo que no veíamos ninguna señal que nos indicase en qué milla estábamos. Nuestras reservas de agua cada vez bajaban más (aunque el peso que nos quitábamos era un alivio).

Lo peor de todo, sin embargo, fue ver como Borja (que es “la roca” del equipo”) empezaba a flojear: se quedaba atrás, respiraba mal, temblaba, se mareaba y tenía muy mala cara del color de las sábanas. Os diré que fueron unas horas horribles. Pensé que Borja se iba a desmayar en cualquier momento. Nunca le había visto tan cansado y tan flojo como aquel día.

Kalalau

Poco a poco fuimos haciendo camino, y tras lo que pareció una eternidad, por fin llegamos al cartel que indicaba que habíamos llegado al “Kalalau Valley”. Si nuestros cálculos eran correctos, ya solo nos quedaba una milla (toda de bajada) por delante. Por lo que tras comer un par de galletas y tras acabar con nuestras existencias de agua, nos pusimos en marcha de nuevo.

Kalalau Trail - By Wade A. Henry

El último tramo del camino era una cuesta de arcilla larguísima, que bajaba hasta el nivel del mar. En ese último trozo fuimos cantando canciones (vale, fui cantando canciones) para mantener la moral alta. Fue cantando la canción de Frozen cuando por fin nos encontramos con gente: una pareja que estaban en el mismo estado lamentable que nosotros, y un hippie que nos dijo “Bienvenidos. Habéis conseguido llegar a la playa. Refrescaros un rato en el río antes de ir al campamento”. En ese momento, no sé si por la alegría de haber llegado bien, si por saber que Borja ya no se iba a desmayar, o por toda la tensión acumulada durante el camino, empecé a llorar desconsoladamente. Estuve llorando un buen rato mientras nos refrescábamos en el riachuelo. Tras recuperar energías, cruzamos el río en busca de una zona donde acampar. En Kalalau hay zonas que están preparadas para acampar, aunque muchas personas decidieron dormir en la playa directamente haciendo vivac.

Kalalau Beach

Tras encontrar el punto perfecto en el que “plantar” nuestra tienda, nos fuimos a la catarata que sirve como fuente de agua y como ducha para los visitantes del valle. Algo que te llama mucho la atención cuando vas a Kalalau, es que hay gatos. En la punta más recóndita de la isla de Kauai, a 11 millas andando de la zona civilizada más cercana, hay una colonia de gatos. Tenemos la teoría de que el hippie que nos recibió, junto con alguno otros, viven allí en la playa. Suponemos que los gatos son sus mascotas.

Sunset at Kalalau

Tras un merecido baño en la catarata, y tras recargar nuestras botellas de agua, nos sentamos a disfrutar del atardecer mientras cenábamos unos tristes sándwiches de jamón y queso (aunque nos supieron a gloria). Fue uno de los atardeceres más impresionantes que hemos visto jamás. El sol de un amarillo imponente marcaba las siluetas de las enormes olas que bañaban la playa dándolas un tono dorado muy alejado del azul turquesa de Océano Pacífico. Una vez el sol se fue por completo, estuvimos disfrutando de las estrellas. ¡Nunca habíamos visto un cielo así!

Kalalau de noche

No tardamos mucho en irnos a dormir, pues estábamos bastante cansados y al día siguiente nos tocaba deshacer las 11 millas.

Tras despertarnos a las 5 y desayunar viendo el amanecer en la playa, nos pusimos en marcha. Al poco de empezar a caminar, empezó a llover: primero unas gotas y luego una lluvia tropical-torrencial que nos empapó (calcetines y botas incluidos) cuando apenas llevábamos una hora andando. La lluvia nos acompañó durante hora y media sin parar. Lo peor de todo, no fue caminar mojados, pues en ese momento hasta se agradecía el fresquito. Lo peor era que todas las zonas peligrosas que habíamos pasado en seco el día anterior, iban a estar mojadas y resbaladizas. Hay que decir que la lluvia también tuvo sus cosas buenas: las gotas que caen en las enormes hojas de la selva tropical, no suenan como las gotas que caen en la ciudad. Cada hoja hace un sonido distinto, digno de “cassete para dormir”.

Kalalau Beach

Como íbamos con buen ritmo, acabamos alcanzando a un grupo de 4 personas que habían salido como media hora antes que nosotros. Nos pegamos a ellos como lapas (sobre todo para mi tranquilidad mental)  y les fuimos siguiendo hasta pasar el Crawler’s Ledge. La zona de acantilados de arcilla a la vuelta, fue horrible. Estuvo llena de resbalones, lloros y caídas (con la consecuente ducha de barro correspondiente), momentos de pánico en los que resbalabas por las cuestas hacia atrás sin apenas avanzar… y viendo un imponente precipicio de más de 20 metros por un lado, que no daba ninguna tranquilidad.

Pero…  ¿Sabéis qué? Lo hicimos. Y sobrevivimos. Tras pasar ese trozo todo fue fácil y mejor de lo que esperábamos. Conseguimos hacer la vuelta en dos horas menos de lo que nos costó la ida, y hasta conocimos a una agradable pareja de españoles que estaban de luna de miel que nos hicieron la última milla de lo más amena.

El mejor momento de la caminata fue cuando llegamos al coche, lugar donde había unas duchas y pudimos quitarnos las botas, la ropa embarrada y saltar debajo de la ducha llevando sólo un bañador. Otros excursionistas nos prestaron jabón (algo que no habíamos previsto). Fue la mejor ducha de la historia.

Tami sucia

Una vez nos refrescamos, nos medio-quitamos el barro y pasamos a oler ligeramente mejor vistiendo una camiseta limpia y seca, nos subimos en el coche, abrimos una bolsa de fritos y nos invadió una sensación de satisfacción indescriptible. Lo habíamos conseguido.

Nuestras camisetas, calcetines y pantalones, no volvieron a ser los mismos después de la aventura por el barro. Las picaduras de mosquito nos dejaron varias costras que picaban a rabiar. Estábamos quemados por el sol. Alguno que otro acabó con ampollas en los pies. Nuestras piernas fueron color arcilla durante días. Pero por suerte, todo eso pasó, dejándonos nada más con uno de los recuerdos y aventuras más extremos y bonitos de todo el viaje, y posiblemente de nuestras vidas.

Kalalau: volveremos a vernos las caras :).

PS. Thanks to everyone that we met on the way: those who helped us, those who cheered us up, those who took pictures of us,those who chat to us and specially to the lovely people from the Kalalau Trail Facebook group -Wade A. Henry and Monica Geertsma and her girls-  who kindly let us use their pictures. Mahalo! 🙂

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