El suelo es lava (Big Island)

Ver la lava era el número uno de nuestra lista de “cosas que hacer en Hawaii”, sobre todo desde que vimos el resplandor en el cielo nocturno islandés del volcán Bardarbunga hace unos años y que ya os contamos aquí. Sabíamos que había varias formas de hacerlo: desde el punto para ver la catarata de lava, desde los miradores del volcán Kilauea en Volcanoes National Park o  contratando una excursión con un guía para poder acercarte a uno de los ríos de lava que fluyen hasta el mar.

La isla en la que puedes ver la lava, es Big Island – esta isla es la más nueva (y la más grande de todo el archipiélago). Debido a la continua erupción del volcán Kilauea, crece año tras año. Una gran parte de la isla está cubierta de campos de lava sólida y de hecho, hay gente que compra terrenos ahí porque por lo visto son muy baratos… Eso sí, tienes el riesgo de que una erupción volcánica se te lleve la casa por delante. Leímos en la guía que las aseguradoras no cubren estas casas, y las personas que viven allí (que eran más de las que pensábamos) construyen ahí bajo su propia responsabilidad. En cualquier caso, el color negro predomina en la isla: lava, arena negra… aunque a medida que cae la noche y todo se vuelve oscuro, el color que predomina es el rojo: los ríos de lava brillando en la oscuridad y la majestuosa caldera del Kilauea que no para de soltar lava.

Kilauea

La primera mitad de la semana que pasamos en esta isla, estuvimos en una granja espectacular en el sur-este de la isla. Cuando llegamos la primera noche, ya había oscurecido, y aunque no pudimos apreciar el paisaje, nos quedamos anonadados con la carretera que llevaba hasta la granja. Todo lo que alumbraban los faros de nuestro coche era una vegetación espesísima que formaba una especie de pasillo infinito: lianas, hojas enormes, palmeras y flores hawaiianas inundaban los laterales mientras que el suelo estaba plagado de sapos y ranas que se confundían con cocos caídos y que nos obligaban a parar cada dos por tres para no atropellarlos.

Papaya Farms Road

Al llegar a la granja nos encontramos en el porche de madera a un grupo de viajeros – una pareja de americanos de unos 60 años y dos parejas de alemanes: la primera de unos 40 años y la otra de unos 25. Tras comer algo y embadurnarnos en anti-mosquitos nos sentamos con ellos y nos dieron unos cuántos consejos sobre que cosas ver y hacer en esa zona de la isla, y sobre todo de cómo ver la lava sin tener que pagar a un guía. Sus fotos nos impresionaron tanto que decidimos seguir sus consejos y aventurarnos nosotros solos a buscar los ríos de lava al día siguiente.

Lagarto en la granja

Tras una noche en la que cayó el diluvio universal (de hecho la zona en la que estábamos había  alerta por riadas debido a la intensa lluvia que estaba cayendo durante esos días) y tras un desayuno con frutas frescas recolectadas por nosotros mismos de los árboles de la granja (una experiencia increíble, aunque cada vez que ibas a por fruta llegabas como mínimo con 10 picaduras de mosquito nuevas), nos pusimos en marcha a explorar la isla… Aunque lo hicimos bajo una espesa cortina de lluvia tropical.

Frutas tropicales

Empezamos el día visitando Hilo, una de las dos ciudades principales de Big Island. Esta ciudad ha sido arrasada por tsunamis varias veces (la última en 1960) por lo que la zona más cercana al mar está un poco “desangelada”. Las cosas como son, Hawaii no destaca por tener las ciudades más bonitas. Nos dimos una vuelta por el “Farmers Market” donde Borja probó frutas de todos los colores y texturas y se bebió su peso en agua de coco.

Borja con agua de coco

Después nos fuimos a ver las Rainbow Falls. Estas cataratas están prácticamente dentro de la ciudad y son famosas porque se puede ver el arcoíris en ellas… Pero claro, con la lluvia que estaba cayendo, no vimos nada de nada (aunque mereció la pena pasar para verlas).

Rainbow falls

Aunque pasamos una gran parte de la mañana en el coche, aprovechamos los momentos de tregua que nos daba la lluvia para hacer pequeñas excursiones. Una de ellas fue para ver el jardín de los árboles de piedra, (el Lava Tree State Monument) y la zona de Kapoho que alberga una torre de alta tensión como única prueba del pueblo que en su día hubo ahí y que desgraciadamente fue arrasado por la lava en 1960 (muy parecido a lo que está ocurriendo a día de hoy en la isla). Tras caminar por los campos de lava que cubren el antiguo pueblo de Kapoho, decidimos ir a las las Kapoho Tidepools -unas piscinas naturales- con la intención de hacer snorkel (pues es un punto buenísimo ya que no hay corrientes pero sí muchísimos peces de colores). Nada más llegar y empezar a quitarnos la ropa, empezó a diluviar de nuevo, así que decidimos cambiar de plan e ir directos hacia Kalapana, donde intentaríamos encontrar la ansiada lava.

Kapoho Tidepools

Antes de salir del coche nos “hicimos impermeables”: chubasqueros, botas, protección para las mochilas y cogimos suficiente agua como para cruzar el Sáhara,  ya que nos habían advertido de que en la caminata se pasaba mucho calor y que era conveniente ir preparado.

Desde la zona dónde se aparca el coche hasta donde se puede ver la catarata de lava, hay 4 millas por una camino al que sólo pueden acceder vehículos de emergencia, bicicletas y peatones, así que decidimos alquilar unas bicis que seguramente habían sido fabricadas en el año 17 AC. Madre mía qué incomodidad y cómo pesaban las malditas bicis… Pero nos llevaron y nos trajeron, que era lo que necesitábamos.

Al alquilar las bicis te daban una botellita de agua y un frontal (llevábamos nuestras linternas pero los frontales nos vinieron muy bien). Tras media hora (quizá un poco más porque paramos un par de veces para hacer fotos y videos) llegamos al final del camino dispuestos a ver la catarata (la forma fácil de ver lava) pero habíamos ido a jugar y aunque a mi me daba muchísimo miedo, decidimos ir en dirección a la falda del volcán y encontrarnos con los ríos de lava .

Siguiendo la recomendación de los chicos alemanes que conocimos en la granja, fuimos al atardecer para hacer más seguro el camino hasta los ríos, ver la lava con algo de luz  y una vez que se fuese el sol disfrutarla en plena oscuridad.  En el camino que hicimos en bici había varios carteles desanimando a los visitantes a salirse de él. Te dicen todo lo que te puede pasar por caminar por encima de los campos de lava: romperte algo, caerte en un agujero de lava seca, caerte en un agujero de lava incandescente… Y por supuesto morir intoxicado por los gases que salen de las grietas del suelo.

Lava Sunset

Como los ríos van cambiando (y en teoría no se debería caminar por ahí), no hay ningún tipo de indicación de por dónde ir o de cómo llegar. La única forma que tienes de guiarte es por las nubes de vapor que se ven a lo lejos y preguntar a la gente que viene de vuelta si han tenido suerte o no. El campo de lava que teníamos delante, y por el que nos adentramos a buscar los ríos de lava, brillaba bajo la luz del sol del como si tuviese purpurina. Era muy bonito.

Tras caminar una hora más o menos por formaciones de lava Pahoehoe, y tras varios tropezones,  empezamos a sentir como el suelo se empezaba a calentarse. Poco a poco nos vimos rodeados de grietas de las que emanaban nubes de vapor, íbamos por el buen camino, estábamos cerca pero aún no había ni rastro de lava “fresca”. En este punto yo me quería haber vuelto ya unas cinco veces pero Borja estaba dispuesto a encontrar lava esa tarde y me animó a seguir (a pesar de que estaba segura de que estábamos caminando a una muerte segura). Poco a poco, el ambiente empezó a cargarse muchísimo: el calor del suelo se empezó a notar en todo el cuerpo. Resultaba un poco agobiante y nuestros esfuerzos de evitar las zonas de gases eran en vano.

Lava

Y de repente, tras subir una pequeña colina… ¡Ahí estaba! Cuando llegamos el color del atardecer era increíble. La lluvia se había ido dando paso a un atardecer increíble que mezclaba los colores rojizos del cielo con el rojo de la lava. Es sin duda, el mejor atardecer que hemos visto jamás.

Lava - Kilahuea

Tomando muchas precauciones (hay que tener cuidado de dónde pisas y sobre todo ir muy bien calzado) nos acercamos a la lava. La teníamos a menos de un metro. El calor que desprendía era increíble, y a medida que fue anocheciendo, el color rojo de la lava se iba haciendo más y más intenso hasta que fue la única luz que nos alumbraba. Fue increíble. Pelos de punta. Es sin duda el lugar más espectacular, mágico e inolvidable que hemos visto jamás.

Pahoehoe lava - Hawaii - Big Island

La lava Pahoehoe es típica de los volcanes hawaiianos. Se caracteriza por ser una lava de avance lento, que no se rompe a pesar de su poca viscosidad y que al enfriarse crea suaves ondulaciones. El movimiento era hipnotizante. Fue una pasada ver como los distintos ríos se iban abriendo paso a través de la lava seca. Como una parte que parecía sólida, de repente se rompía y dejaba fluir entre una de sus grietas un pequeño río rojo. Fue mágico. Fue increíble. Fue espectacular. Fue inolvidable. Fue tantas cosas que es difícil explicarlo solo con palabras. El calor que sale del suelo y que te da en la cara cuando tienes la lava de frente, el calor que se acumula en la suelas de los zapatos, el crepitar de la lava fluyendo (suena como peta-zetas) es una maravilla. Al caer la luz además, puedes apreciar una infinidad de grietas por las que se ve luz roja brillar, anunciando que hay lava fresca debajo esperando a encontrar una grieta por la que salir. Fue una experiencia única.

Pahoehoe lava - Hawaii - Big Island

Algo que nos llamó la atención fue que una de las personas que había cerca de nosotros, tiró una pequeña piedra al flujo de lava (ésto esta muy mal visto en Hawaii ya que se cree que la lava son los cabellos de la diosa Pelé). Lo que se esperaría de algo así, es que la piedra se hubiese quedado “pegada” a la lava y se hubiese hundiendo en ella lentamente… Sin embargo, el ruido que hizo fue como al chocar dos piedras, y muy lejos de quedarse pegada en la lava incandescente, se resbaló hasta una zona de lava seca. Muy curioso.

Pahoehoe lava - Hawaii - Big Island

La vuelta no fue tan difícil como creíamos que iba a ser. Equipados con los frontales, brújula en mano y una pequeña lamparita colgada de la mochila, nos dispusimos a deshacer el camino en plena oscuridad en busca de nuestras bicis (que habíamos dejado abandonadas a un lado del camino). A medida que te alejabas de la lava caliente, el aire se iba haciendo menos denso (cosa que se agradeció bastante). Nos paramos varias veces para mirar atrás y ver cómo muchos más ríos de lava se habían hecho visibles y brillaban en mitad de la noche. También se podían ver pequeños grupos personas, delatadas por sus pequeñas linternas, explorando el campo infinito de lava en busca de los ríos. Algo que está muy bien (y que te ayuda bastante a la vuelta) es que en la zona donde dejas las bicicletas, habían puesto un foco que actuaba de faro para los que nos habíamos adentrado en el campo de lava, por lo que tras caminar un rato, pudimos dejar la brújula de lado y guiarnos por la luz como si fuéramos mosquitos.

Tras llegar al camino cruzamos al otro lado que era desde dónde se podía ver la catarata de lava (aunque muy, muy de lejos). La catarata también era espectacular, aunque sin duda no es lo mismo que ver y sentir la lava delante de ti.

Pahoehoe lava - Hawaii - Big Island

Tras buscar y encontrar las bicicletas en la oscuridad, nos pusimos en marcha y deshicimos las 4 millas que nos separaban del coche sin poder para de hablar de lo impresionante que había sido la experiencia. Al dejar las bicis, nos dimos cuenta que de la emoción nos habíamos olvidado hasta de beber agua…

Tras un corto viaje en coche y una cena donde predominaba el aguacate, nos fuimos a dormir para prepararnos para la aventura que nos esperaba al día siguiente… Y es que aunque parezca que no, Big Island aun nos tenía preparadas muchas sorpresas.

Lava

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