♥ I C E L A N D ♥

Prometimos que nunca volveríamos a Islandia en Invierno, sobre todo después del vuelo de pesadilla que tuvimos unos años atrás… Sin embargo Islandia tiene algo que nos atrapa y que nos hace volver una y otra vez. Así que rompiendo nuestra propia promesa y aprovechando que íbamos a celebrar el 31 cumple de Borja, cogimos un avión en dirección Reykjavik para disfrutar de un fin de semana largo allí.

Skogafoss

El tiempo se anunciaba bastante malo, lo cual era un fastidio para nuestro objetivo principal, que era salir a buscar auroras boreales por las noches… Pero teníamos una larga lista  de “planes B” que hicimos enterita, y que nos descubrió un gran número de lugares nuevos que han hecho que otra vez, hayamos vuelto a casa con ganas de más.

El día que llegamos no nos dio tiempo a mucho, porque entre que el vuelo salió con retraso y que hacía un tiempo bastante malo (nos llovió, granizó y nevó en una sola tarde), lo único que hicimos fue visitar un supermercado para comprar la -ya tradicional- ensalada de gambas de nuestros viajes a Islandia y dar un paseo rápido por la capital, para buscar un mural del artista que hizo la portada del último disco del grupo favorito de Borja, Blink-182. Tras pasar de largo por el mural un par de veces sin verlo, por fin lo encontramos justo en el momento que más granizaba… Pero Borja, como buen fan incondicional del grupo californiano, aguantó los golpes del hielo contra viento y marea e hizo un sinfín de fotos.

Mural de Blink

Como aún nos quedaba un buen tramo de carretera hasta la casa donde pasábamos la primera noche, tras encontrar el mural nos subimos al coche mojados de arriba a abajo y nos fuimos a dormir para recargar energías.

Al día siguiente nos despertamos muy pronto para descubrir que estaba cayendo el diluvio universal. Pero no creáis que eso nos paró. Nos impermeabilizamos de arriba abajo, y nos pusimos en marcha hacia nuestra primera parada: las cataratas de Gljúfrafoss y Seljalandsfoss. En la segunda ya habíamos estado antes, pero la primera era totalmente nueva para nosotros (y eso que están al lado la una de la otra). Esta catarata tiene como curiosidad que está metida en un agujero en una roca, y sólo se ve una pequeña parte de ella, a no ser que te metas por la grieta para ver el interior. Esto puede parecer muy buena idea en verano, pero no en invierno y desde luego no con el ventarrón que había ese día que nos movía de un lado para otro como si fuésemos hojas. Sin embargo Borja, que se atreve con todo, se quitó las botas y los calcetines, se remangó los pantalones, y cámara en mano se aventuró por la grieta río arriba para disfrutar de la catarata.

Gljúfrafoss

Cuando salió de la grieta después de haber visto la catarata, parecía un pollito mojado y temblaba de frío. Pero asegura que la experiencia mereció la pena (lo cierto es que las fotos y el vídeo que hizo de dentro, tenían muy buena pinta) Tras secarse y ponerse calcetines secos dentro del coche, seguimos nuestro camino hacia nuestra siguiente parada: el glaciar de Sólheimajökull.

Sin duda este glaciar ha sido desde nuestro primer viaje, uno de nuestros sitios favoritos de Islandia. Fue el primer glaciar que vimos de cerca y la verdad es que nos impactó muchísimo. Además siempre que lo hemos visto estaba completamente vacío, pues la carretera que llevaba hasta él, no estaba asfaltada ni bien cuidada, por lo que únicamente coches bien preparados (y aventureros con coches pequeños como nosotros) podían llegar hasta ahí.

Sólheimajökull

Nos soprendió ver la carretera asfaltada y un parking nuevo preparado para vehículos grandes… Cuando llegamos estábamos solos, pero cuando nos fuimos justo habían llegado nada más y nada menos que 4 autobuses plagados de turistas que tiraban piedras a la superficie helada, se subían a los trozos de hielo que flotaban en la superficie del lago (algo muy peligroso) y dejaban tras de si papeles, botellas de plástico y otros desechos que antes era impensable encontrar ahí. Una auténtica pena… Pero lo que sin duda fue más triste de ver, es cómo el glaciar había disminuído dramáticamente su tamanaño en los 4 años que separaron nuestra primera visita a este impresionante país, y esta última. Y si no nos creéis, juzgar por vosotros mismos. Este es el “antes”:

Glaciar

Y este es el “después”:

Glaciar Islandia

Mismo cartel, mismo lugar… y tan solo 4 años de diferencia.

Cuando estábamos paseando por la zona, nos pegamos un susto enorme: de repente se escuchó un crujido súper fuerte y luego un estruendo como de rocas cayendo: ¡hubo un pequeño desprendimiento de la zona derecha de la montaña! Fue bastante espectacular de ver, aunque también nos asustamos bastante, pues justo unos minutos antes un grupo de excursionistas había pasado por ahí… Menos mal que no pasó nada.

Sólheimajökull

Tras deshacer el camino esquivando a todos los turistas que bajaban de los autobuses, seguimos nuestro camino hasta nuestra siguiente parada: la península de Dyrhólaey. Llevábamos tiempo queriendo ir ahí pero al final siempre se perdía entre otros planes… ¡Pero esta vez por fin pudimos ir! Para llegar hasta ahí hay que ir por una carretera típica islandesa (es decir, bastante chunga) y el hecho de que estuviese lloviendo como si no hubiese mañana y que el viento movía el coche de un lado para otro, no lo hacía mucho más fácil. Al llegar al parking del mirador, en la parte alta de la colina, decidimos hacer un picnic dentro del coche para esperar a que parase un poco la lluvia (que por cierto no paró).

Reynisfjara viewpoint

Tras cubrirnos de arriba a abajo, salimos dispuestos a disfrutar del imponente paisaje que ofrece este punto del sur de Islandia. A pesar de que casi salimos volando (era difícil hasta caminar en ese viento), conseguimos llegar hasta el Dyrhólaey Lighthouse, desde dónde había una vista muy bonita del arco de piedra de Dyrhólaey. El mar se movía con fuerza por debajo del arco, y las pocas gaviotas que se habían atrevido a dejar el nido esa mañana, volaban de un lado a otro empujadas por el viento en busca de algún pez para comer. El sitio era de verdad precioso, pero el tiempo era súper desagradable… Así que a ver si la próxima vez que vayamos (porque seguro que hay otra) podemos verlo con sol :).

Reynisfjara viewpoint

Caminamos luchando contra el viento de camino al coche. Después de poner la calefacción al máximo para secarnos, continuamos nuestro camino por la que llamamos entre nosotros “la carretera de los glaciares”. En realidad se trata de un tramo de la ring-road (la carretera que rodea toda la isla), pero que ofrece vistas tan impresionantes como estas:

Glacier

Tras algo menos de 3 horas de coche entre glaciares, ríos, montañas y caballos islandeses, llegamos a Jökulsárlón, el lago glaciar mas famoso de Islandia. Una vez más, nos sorprendió ver que habían ampliado el parking, y que tanto el lago como la playa de arena negra (Diamond Beach) que hay al otro lado de la carretera, estaban llenas de gente. De hecho, era la primera vez que íbamos a “la playa de los hielos” y nos encontrábamos con otras personas… Era autobús tras autobús, lo cuál quitaba un poco de magia a la atmósfera tan especial que suele haber en esa playa… Aunque en realidad tampoco podemos quejarnos, porque nosotros no dejamos de ser unos turistas más.

Black Sand Beach

Esta playa de arena negra es famosa porque acoge un gran número de trozos de hielo (icebergs de todos los tamaños) que salen desde Jökulsárlón hasta el mar, y que las corrientes se encargan de llevar hasta la playa. Puedes encontrar desde icebergs enormes hasta pequeños trocitos con las formas y colores más increíbles que hayáis visto jamás en un trozo de hielo. Es un sitio fascinante, y de hecho siempre que vamos nos pasamos caminando por ella un buen rato, disfrutando de los hielos que hay por la arena e intentando alejarnos lo máximo posible de la zona del parking para poder disfrutar de algo de tranquilidad :).

Black Sand Beach

Eso sí, acabamos heladitos de frío, mojados hasta las cejas y perdimos un guante (que por algún tipo de  milagro encontramos, puesto que ya se estaba yendo la luz, el guante era negro y se había caído en la arena del mismo color). También, nos pegamos un culetazo (bueno, me lo pegué yo) porque me resbalé en un iceberg que estaba en la orilla del mar, con la mala suerte de que justo venía una ola y me mojé las botas de arriba a abajo (pero me reí muchísimo, y la gente que me vio también).

Black Sand Beach

Con la noche  ya prácticamente encima de nosotros, decidimos hacer una última parada para ver otro lago glaciar que se encuentra a apenas unos minutos de distancia del Jökulsárlón, y que se llama Fjallsárlón. La verdad es que tuvimos que ir con las linternas porque se veía más bien poco, pero íbamos con la esperanza de que el lago, al tener hielo, refractase la poca luz que había en el ambiente y poder verlo mejor. No funcionó mucho, pero bueno, algo vimos y lo mejor de todo, es que ya no había nadie. Volvimos al coche después de esa pequeña caminata de media hora muertos de frío y todavía más mojados que antes, pero felices de estar en nuestro “happy place” una vez más.

Black Sand Beach

Tras dormir como auténticos troncos, nos preparamos unos sándwiches, desayunamos y nos pusimos en marcha otra vez. Volvimos una vez más por la carretera de los glaciares de camino a Svartifoss, una de las cataratas más bonitas de Islandia que está formada por columnas basálticas. Para llegar a ella hay que hacer una caminata de más o menos una hora que es bastante fácil siempre y cuando no te encuentres placas de hielo.

Esto fue un puente

Antes de llegar, decidimos parar en el memorial que hay en la carretera que recuerda un puente que fue arrasado por una riada glaciar. A día de hoy, y a pesar de todas las veces que hemos visitado Islandia, nos sigue impactando muchísimo que el agua pueda tener tanta fuerza como para hacer esto a unas vigas de hierro… están retorcidas como si fueran dos hojas de papel.

El paseo hasta la catarata de Svartifoss no nos llevó mucho tiempo (a pesar de todos los resbalones y el barro que nos encontramos por el camino). Desde la última vez estuvimos han arreglado el camino y es mucho más fácil de hacer, aunque también es verdad que nosotros subimos por otro lado que esta vez estaba cerrado.

Svartifoss

Como habíamos madrugado bastante, nos dio tiempo a hacer otra caminata que teníamos pendiente de nuestros viaje anteriores: llegar andando hasta el glaciar de Skaftafellsjökull. El camino es muy sencillo, se tarda apenas 40 minutos andando, pero es uno de los más bonitos que hemos hecho hasta ahora. Para empezar no estaba tan lleno como el que vimos el día anterior, y además puedes llegar hasta la mismísima lengua del glaciar. ¡Es espectacular! La vegetación por el camino era muy bonita, todo con pequeñas flores y matorrales de color rojo, amarillo, verde… Parecía un cuadro. Tiene que ser un sitio espectacular cuando sale el sol.

Svinafellsjokull

Por supuesto y como no podía ser de otra forma, nos quedamos sin batería en la cámara de camino al glaciar… Por suerte (o porque no tenemos vergüenza) encontramos a unos chicos italianos muy simpáticos que llevaban la misma cámara que nosotros, y les pedimos que si nos dejaban “un poco de batería” para hacer un par de fotos al glaciar. La verdad es que fueron súper majos: nos dejaron una y hasta nos hicieron alguna que otra foto ellos mismos.

Svinafellsjokull

A pesar de que el camino para llegar hasta este glaciar es muy fácil, no os recomendamos que lo hagáis con tacones (esto lo decimos porque había un grupo de asiáticos en el que las chicas iban con tacones). No. Mala idea. (También llevaban globos, lo cual tampoco entendimos muy bien… Y no, no iban a hacer una sesión de fotos porque sólo llevaban móviles y les vimos volver).

Svinafellsjokull

Subimos otra vez en nuestro coche para ir hacia Fjardrargljufur, el valle favorito de Borja (para el que por cierto, han asfaltado la carretera también y estaba lleno de gente). Como el tiempo era muy malo y teníamos más excursiones programadas para ese día (no sabéis la cantidad de cosas que nos dio tiempo a hacer), dimos un paseo de apenas 20 minutos por la zona. Fjardrargljufur

Nuestra siguiente parada-técnica, fue la zona de campos de lava que están cubiertas por musgo. Borja siempre que vamos a Islandia para aquí porque le fascina que unas rocas cubierta de vegetación puedan ser tan blanditas. Encontramos un pequeño trail que te adentraba bastante entre los campos de musgo por una zona en la que nunca habíamos estado. Fue muy bonito :).

Musgo y rocas

El siguiente punto en el camino era en Skogar, para ver dos cataratas: Skogafoss (una de las más conocidas de Islandia) y una que era un nuevo descubrimiento para nosotros, Kvernufoss. Por supuesto de camino a esta nueva catarata (había que andar unos diez-quince minutos) nos cayeron chuzos de punta, pero como viene siendo costumbre, el agua no nos paró, y seguimos adelante hasta llegar a esta bonita -y escondida- caída de agua. Tuvimos la suerte de ser las únicas personas que se aventuraron esa tarde en la zona, por lo que fue un paseo súper agradable. Como la catarata tiene una pequeña cueva por detrás (de ahí viene su nombre) el agua resonaba muchísimo, haciendo casi imposible escucharnos el uno al otro cuando hablábamos cerca del agua.

Kvernufoss

También hicimos una “parada de foto” en la catarata de Skogar, que aunque ya la habíamos visto antes, sigue pareciéndonos uno de los puntos de foto más bonitos de la zona sur de la isla. Por supuesto, al no requerir una caminata para llegar a ella, la catarata estaba llena de gente y de autobuses que no paraban de llegar al parking.

Skogar

Ya empezaba a caer la tarde por lo que decidimos darnos prisa para llegar a nuestra última excursión del día, Seljavallalaug. Se trata de una piscina termal escondida en un valle entre dos montañas, que te ofrece un baño calentito con un panorama espectacular. Llegar allí es relativamente fácil puesto que la caminata es de apenas 20/30 minutos, aunque hay que cruzar un par de ríos (para lo cual no íbamos preparados, sobre todo a la vuelta que nos quedamos sin luz), así que preparaos para mojaros los pies.

Cuando llegamos, había algunos valientes saliendo del agua… Y digo valientes porque lo difícil no era estar dentro del agua, era entrar y sobre todo salir. Fuera hacía muchísimos frío, y la caseta donde te podías cambiar de ropa no está preparada para visitas… es decir, hay unas perchas donde puedes  colgar tus cosas y una plataforma de madera para protegerte del frío del suelo y sobre todo del agua del suelo, pero nada más. Por alguna razón que se escapa a mi lógica, había un bloque nieve dentro del cobertizo que se había ido derritiendo, y en el suelo había como 4 dedos de agua. Nos cambiamos como pudimos haciendo malabarismos para no mojar la ropa, no tirar la cámara al suelo y sobre todo no caernos nosotros. Si sois de esas personas que os da verguenza que alguien os vea cambiandoos, esta no es vuestra piscina.

Seljavallalaug

Cuando salimos de la caseta (dónde ya de por sí hacía frío) hasta fuera, fue como un golpe con una bola de nieve en todo el cuerpo ¡no sabéis qué frío hacía! Además el agua no estaba tan caliente como te puedes esperar de un “hot spring“. El calor del agua viene de una roca que se encuentra en uno de los laterales de la piscina y que está continuamente caliente, subiendo así la temperatura del agua. La verdad es que fue una experiencia muy guay a pesar de que al nadar nos pegamos algún que otro golpe con “la roca caliente” en los pies. Sin duda un sitio increíble (aunque las fotos que tenemos son un poco caca y no hacen justicia en absoluto). Fue muy divertido, aunque no recomendamos que vayáis cuando justo se va a hacer de noche, pues el camino cruzando ríos de noche no fue en absoluto divertido.

Icelandic bird

Nada más entrar al coche, empezó el diluvio universal con un viento huracanado que una vez más, movía el coche de lado a lado. Nos costó muchísimo encontrar la cabaña de madera en la que nos alojábamos esa noche, y llegamos calados y muertos de frío. Por suerte fue un lugar genial para quedarnos, ya que se oía la lluvia caer por todas partes, estaba súper calentita, había comida y teníamos Wi-Fi. Era todo lo que necesitábamos. El Wi-Fi ese día era muy importante, pues en esos días Europa estaba “amenazada” por una tormenta que prometía cancelaciones de vuelos (de hecho, la aerolínea con la que volábamos nos había mandado un correo considerando esa opción). La verdad es que teníamos la ilusión de que nos cancelasen el vuelo y tener que quedarnos “atrapados” en Islandia un par de días… Pero por suerte (o por desgracia) pudimos volar al día siguiente. Eso sí, muy al límite pues esa misma tarde cerraron el aeropuerto de Edimburgo y fue justo cuando cayó la nevada que cubrió Edimburgo de blanco durante varios días.

El último día antes de ir al aeropuerto, aprovechamos al máximo para hacer cosas. La primera caminata del día era por Reykjadalur, una zona geotermal por la que pasa un río de agua caliente y que es un lugar de baño muy famoso entre los islandeses. Aunque puedes ver riachuelos con agua bastante caliente apenas has comenzado a andar, el verdadero “punto de interés” se encuentra montaña arriba (caminamos cerca de hora y media o incluso dos) entre niebla, nieve, barro, placas de hielo… De hecho hubo un momento en el valle de Reykjadalur, en el que estuvimos a punto de darnos la vuelta temiendo perdernos entre la niebla.

Reykjadalur

Por suerte seguimos adelante y pronto empezamos a ver pozas de barro hirviendo y de agua borboteante a los lados del camino. Por supuesto ahí no puedes bañarte, pues es peligroso, pero si sigues un poquito más adelante te encuentras de frente con el río templado que esta preparado para recibir a los bañistas más valientes, con pasarelas de madera y pequeñas “paredes” para cambiarte de ropa y/o protegerte del frío. Una vez más, el agua no estaba tan caliente como te imaginas cuando te hablan de un “río de agua caliente”. Estuvimos a punto de bañarnos pero como hacía bastante frío y aún teníamos un buen tramo hasta el coche, decidimos que mejor tocábamos el agua con las manos.

Reykjadalur

Una de las zonas por las que había que pasar de camino hacia el río, era una especie de “puente de nieve” que se había formado encima de un riachuelo. A la vuelta, Borja (que iba liderando la marcha) tuvo la siguiente experiencia:

Reykjadalur

Por suerte no se hizo daño y no había agua debajo.  La verdad es que nos reímos muchísimo, pero a la vez te hace darte cuenta del cuidado que hay que tener cuando andas por la montaña… Nunca se sabe lo que puede haber debajo.

Como aun teníamos algunas horas por delante antes de ir al aeropuerto, pasamos por Geysir (otro lugar de interés, sobre todo si vais a Islandia por primera vez) para ver este increíble fenómeno natural que no importa cuantas veces hayamos visto, nos sigue fascinando. Por supuesto, no cabía un alfiler.

Geysir

Nuestra aventura número 3 por Islandia terminó con una rápida visita a las cristalinas aguas the Thingvellir, pero no nos dio tiempo a hacer demasiado, pues se nos echaba el tiempo encima y teníamos un avión que coger… avión que por cierto se retrasó. Tuvimos que improvisar una visita de última hora por los alrededores del aeropuerto para hacer tiempo , por lo que visitamos Stekkjarkot, una antigua casa de pescadores que data de 1800, fabricada con madera, hierba y piedra. 

Caballos islandeses

Y así una vez más, nos fuimos al aeropuerto de Keflávik, dónde con la promesa de que volveríamos una vez más, subimos al avión de vuelta a casa… Promesa que por cierto cumplimos esta semana: esta vez para caminar el Landmannalaugar trail de principio a fin – 80 kilómetros a través de glaciares, ríos y paisajes espectaculares acompañados de nuestra -ya inseparable- tienda de campaña.

Más sobre Islandia:

 

 

 

 

 

 

 

 

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