Paraísos Cubanos: María la Gorda y Cayo Levisa

Cuando preparamos nuestro viaje a Cuba, teníamos muy claro que queríamos visitar uno de sus maravillosos Cayos con largas playas de arena blanca y aguas cristalinas. Aunque también sabíamos que si había un Cayo que no queríamos visitar, era Varadero (por lo turístico y lo masificado que está).

Por suerte Cuba tiene tantísimas opciones, que al final hasta nos costó elegir. Acabamos decantándonos por Cayo Levisa y por la playa de María la Gorda, situada en la Bahía de Corrientes en una de las puntas más al oeste de la isla (principalmente porque eran dos de los lugares de playas más convenientes para visitar desde Viñales, donde teníamos “nuestra base”.)

Cayo Levisa - Cuba

María La Gorda

Para ir de Viñales hasta María la Gorda, tuvimos que ir en taxi. Por suerte con eso no tuvimos problema: el primer día, después de la excursión a caballo por el Valle de Viñales, conocimos a Alain, un simpático chico que debía tener nuestra edad y que fue nuestro compañero de viajes durante los días que pasamos allí. Era un chico majísimo. Lo único malo fue que el respaldo de la parte trasera del coche estaba roto. Pero roto, rotísimo. De hecho, estaba suelto (teníamos que colocarlo de vez en cuando) lo cual hizo del traqueteo de la irregular carretera hasta María la Gorda, un auténtico suplicio.

Con Alain

El asiento se iba echando hacia adelante con lo cual acababas sentado totalmente doblado. Era incomodísimo. Además, los anclajes de metal del asiento se te clavaban en partes innombrables del cuerpo. Fueron las 3 horas de coche más largas de Cuba (y la vuelta más de mismo). Pero como Alain era tan majo, decidimos no buscar otro taxista y seguir con él hasta el final.

El día que salimos a María la Gorda, quedamos muy temprano para aprovechar al máximo el día, y nos pusimos en marcha. Alain nos paró a ver el Valle de Viñales desde un mirador, que con los colores de la luz del amanecer estaba precioso.

Viñales

Algo muy gracioso, fue que por el camino, volvimos a encontrarnos con los famosos cangrejos rojos que invadían la carretera en la zona de Playa Larga, aunque había bastantes menos. Alain nos contó que un día, de camino a María la Gorda, se le pinchó la rueda por los cangrejos. Puso la de repuesto, que se pinchó también. Tuvo que llamar a un amigo para que fuera a buscarle con otro neumático, y el amigo… ¡pinchó también! La verdad es que lo de los cangrejos allí es un despropósito. Pero por lo menos esta vez hubo suerte y no pinchamos.

Cangrejo

De camino a María la Gorda hay algunas playas pequeñitas muy rocosas a los lados de la carretera, que son preciosas. Están rodeadas de mucha vegetación, y el contraste del verde con el azul turquesa del agua, es digno de ver. La verdad es que nos habríamos quedado de muy buena gana en cualquiera de esas playas, pero nos dio la sensación de que son para los locales, y que los turistas no éramos demasiado bienvenidos ahí…

Maria la gorda

De hecho, en la zona donde estuvimos, sólo pueden entrar turistas. Se trata de un resort (no muy grande, y definitivamente para nada masificado, porque estuvimos prácticamente solos excepto por el gato que nos robó la comida). Pero claro, hay que pagar por estar allí. Pero bueno… Si no recuerdo mal, fueron 10CUC que no era demasiado caro, y además podías utilizar ese dinero en el restaurante (lo cual nos vino muy bien tras ser “atacados” por el gato roba-bocadillos)… Aunque no deja de ser un poco “timo para turistas”, pero bueno.

Maria la Gorda - Cuba

Nuestro objetivo principal de la visita a María la Gorda, era hacer Snorkel. Habíamos leído que era una zona muy buena para ver tortugas, y que tenía un fondo marino espectacular. Sin embargo, en la playa para turistas no había ni una triste roca a la que se acercasen los peces, y además, el agua estaba plagada de mini-medusas transparentes que nos iban dando pequeños “latigazos” cuando nadábamos de un lado a otro.

Maria la Gorda - Cuba

La verdad es que nos quedamos un poco chafados, por lo que decidimos hacer otra “turistada” y contratar una excursión en barco para hacer snorkel. Fueron los 5 CUC mejor invertidos de todo el viaje.

El acuario - Maria la gorda

Mel y yo fuimos sentadas en la proa del barco (para no marearnos y porque era más divertido), y la verdad es que nos lo pasamos genial con el agua salpicando y la sensación de velocidad en la cara. Además, en algunas zonas el agua era tan transparente que se podía ver el fondo.

Maria la Gorda - Cuba

Tras unos 20 minutos navegando, el barco paró y nos explicó que estábamos encima de un lugar llamado “El Acuario”, un arrecife famoso en la zona por la cantidad y la variedad de peces que puedes ver. Eso sí, estábamos en mar abierto y el movimiento del barco era considerable. De hecho, yo, en mi infinito miedo al agua, decidí ponerme un chaleco salvavidas para saltar… Y aun así me costó varios minutos hasta que me decidí a saltar, mientras el pobre Borja me animaba desde el agua.

El acuario - Maria la Gorda

El Acuario fue una experiencia increible, y desde luego hizo justicia a su nombre: pudimos disfrutar de un fondo marino espectacular, de cientos de peces de todos los colores, encontramos una cabeza de langosta más larga que mis brazos (lo que os da una pista de lo enorme que era) y hasta vimos un pez globo. Yass y Mel (que eran expertos y más atrevidos en esto del snorkel) vieron una barracuda. Fue una excursión genial.

El acuario - Maria la Gorda

Al volver a tierra tuvimos que subirnos en el coche con el “respaldo abatible” y pasar otras 3 insufribles horas de vuelta a casa. Aunque como suele pasar, la vuelta se hizo más corta. Además, hicimos una parada por el camino para comprar mangos en un puestecito callejero, que tenían una pinta estupenda.

Mangos en la carretera

Cayo Levisa

Una de las cosas que más ilusión le hacía a Mel, era ir a Cayo Levisa. De hecho, Yass y Mel tenían pensado quedarse una noche allí, pero tras ver los precios prohibitivos de ese cayo, pensaron que un día sería suficiente. Estuvimos dudando entre ir a Cayo Levisa o a Cayo Jutías (que ponía que era menos turístico), pero acabamos en Cayo Levisa, que es, por cierto, fue una de las playas más bonitas. Eso sí, el comienzo del día no fue del todo agradable. 

El día que fuimos a Cayo Levisa, fue nuestro último día completo en Cuba, pues al día siguiente muy temprano, cogíamos el avión que nos llevaría de vuelta a Edimburgo (vía Toronto y Londres), y fue un día de esos en los que pasa de todo. Por la mañana, la niña de la casa en la que nos quedábamos, de unos 6 años, desapareció, generando el pánico entre todos los que estábamos allí. Entre todos buscamos en la casa, por la calle… Borja se fue todo el camino hasta la carretera para ver si la encontraba, y nada. Por suerte a los 10 minutos apareció: se había metido en casa de la vecina. Todo quedó en un susto, aunque la más asustada fue ella, al ver a su mamá y a su abuela tan enfadadas.

Cayo Levisa

Con el caos, apenas nos dimos cuenta de que el taxi ya había llegado, pero no era ni Alain ni el coche de Alain (la verdad, es que nos alegramos un poco de ver otro coche, pero nos dio mucha pena no ver de nuevo a nuestro amigo). Junior, el taxista que nos recogió, nos explicó que era amigo de Alain, y que él no había podido venir porque su abuelo se había puesto enfermo y se había quedado cuidándole, pero que él nos llevaría a Cayo Levisa, y de ahí a La Habana. Lo cierto es que Junior fue majísimo, aunque una vez más, tenía una historia triste detrás: había estudiado biomedicina, e incluso trabajó en otros países ejerciendo su profesión, pero en Cuba no tenía otro remedio más que trabajar de taxista para ganarse la vida y poder dar una vida digna sus dos hijos pequeños. Una lástima la verdad.

Cayo Levisa

El viaje hasta Cayo Levisa no fue muy largo, y la carretera era muy bonita, pasando ente mogotes y pueblecitos. Sin embargo, al llegar al embarcadero de Cayo Levisa, nos llevamos una sorpresa muy desagradable: habíamos preguntado en una agencia de viajes local, por los precios de visitar este Cayo (ahora mismo no me acuerdo concretamente de cuánto era, pero debía ser alrededor de 15), y cuando llegamos allí, el precio triplicaba esa cantidad. Estuvimos discutiendo con el hombre del mostrador, pero no conseguimos nada. También preguntamos a Junior, como de factible sería ir de ahí a Cayo Jutías, pero nos dijo que imposible, así que nos vimos en una encrucijada: o nos íbamos ya de vuelta a la Habana, o pagábamos el precio de turista. Y una vez que estábamos ahí… Pero ya os digo que hemos pagado billetes de avión más baratos que esa excursión.

Cayo Levisa

Borja y yo, que teníamos el dinero justísimo, nos quedamos literalmente a 0 para pagar nada más si surgía un imprevisto. Pero bueno… hay que reconocer que lo pasamos fenomenal con Yass y Mel, por lo que mereció la pena 😊.

Cayo Levisa es una pequeña isla al noroseste de Cuba que se caracteriza por su larga playa (es muy chiquitito como para hablar en plural) de arena blanca y sus numerosos manglares. Junior nos contó, que como es uno de los Cayos que está más cerca en línea recta de Miami, los cubanos tienen prohibido ir ahí, a no ser que sean trabajadores del resort que se encuentra en la isla, por lo que, si estáis buscando un lugar con “carácter cubano”, aquí no lo vais a encontrar.

Cayo Levisa

El barco tarda una media hora en llegar, y al desembarcar, vas andando por unas pasarelas de madera que pasan entre los manglares. Eso sí, entras de lleno en el resort. La mayoría de la gente se quedó en la playa que estaba enfrente del hotel, pero nosotros decidimos ponernos a andar para llegar a la punta más lejana, y apartarnos de la zona más turística. Para ello, cruzamos andando una extensa zona de manglares que habían sido afectados por uno de los últimos huracanes: se veían muchos árboles secos y rotos, además de ramas por todas partes. Pero, aun así, era precioso. El color oscuro de los troncos secos resaltaba sobre la arena blanca y sobre el turquesa del mar. Daban ganas de pararse a hacer fotos en todos los rincones. Además, había muchísimas esponjas naturales de las formas más inverosímiles esparcidas por la arena, era precioso.

Cayo Levisa

Tras llegar a la punta más alejada del hotel y cubrirnos de crema de arriba abajo, nos metimos al agua. Como hacía bastante viento, el agua estaba un poco movidilla y no se podía ver el fondo, por lo que no pudimos hacer snorkel, pero disfrutamos muchísimo nadando de un lado para otro relajándonos en el agua templada antes de volver a la realidad.

Como nos habían hecho pagar precio turista, teníamos la comida incluida en el resort. La comida buena, no era, pero estaba suficientemente bien para llenarnos de energía para seguir explorando la zona. Sin duda lo mejor fue el grupo de música cubana que animaba la comida, que se atrevía con todo. Tenemos un recuerdo muy especial de la canción de “El cuarto de Tula”, la cual Yass acabó cantando desde la mesa. De hecho, siempre que escuchamos esa canción, nos acordamos del viaje, y de Yass cantando.

Cayo Levisa

Como la punta de la isla quedaba un poco alejada del restaurante del resort, tras finalizar la comida decidimos tumbarnos bajo una de las sombrillas del hotel antes de volver al agua. Yass, Mel y Borja, disfrutaron de un ron con coca cola de la botella infinita que Yass y Mel habían comprado uno de los primeros días en Playa Larga.

Cayo Levisa

Lo mejor de Cayo Levisa, pasó justo en la zona más turística: Yass, se fue nadando hasta bastante profundo, y a los pocos minutos volvió con el cangrejo ermitaño más grande que hemos visto en toda nuestra vida. Era realmente enorme, y pesaba muchísimo. Fue increíble poder verlo tan de cerca 😊. Tras admirarlo un rato, Yass lo devolvió al mar… Pero volvió con otra sorpresa: ¡una estrella de mar roja!

Cayo Levisa

Ver una estrella de mar roja era uno de mis objetivos en Cuba, y justo el último día, cuando parecía que ya no iba a poder ser, apareció Yass con la espectacular estrella. Con mucho cuidado, y por muy poco tiempo para que no sufriera demasiado, observamos a la estrella que eran tan bonita que parecía de mentira. Yass fue sin duda la persona más admirada de la playa ese día (sobre todo entre el público más joven) que admiraban con ojos como platos todos los tesoros que Yass iba sacando del mar.

Como todo lo bueno llega a su fin, llegó la hora de coger el barco que nos llevaría de vuelta a la realidad. Y lo peor de todo es que aun teníamos varias horas de viaje hasta La Habana.

Vuelta a La Habana

El viaje de vuelta a La Habana podría haber sido tranquilo y relajado, y en parte lo fue casi, casi hasta el final. Junior nos fue dando conversación todo el camino, e incluso nos paró en la zona de Las Terrazas para poder ver el pueblo desde un mirador (eso sí, la carretera hasta allí fue horrible, y en un momento nos topamos con un bache horrible que hizo que desde entonces empezase a oler a gasolina y a humo por todo el coche, pero parecía que seguía avanzando sin problema).

Las terrazas

Poco a poco la noche se nos fue echando encima, y con ella, los nervios de Junior crecían poco a poco, porque tenía que dejarnos en La Habana, y luego volver a Viñales. El caso es que, por la carretera, íbamos rapidísimo, o al menos lo parecía. Y como en Cuba los cinturones de seguridad son inexistentes, las carreteras no están iluminadas, etc. La sensación de inseguridad era notable. Yo iba centrándome en mirar por la ventanilla para observar a las luciérnagas y no pensar en lo rápido que íbamos en el coche, pero se podía notar un poco la tensión.

El coche cada vez olía más a gasolina, y hubo un momento en el que Junior dijo que teníamos que parar: el coche había perdido toda la gasolina. Junior sacó del maletero un bidón y lo echó enterito en el depósito. Pero tal cual entro, salió. Algo no estaba bien. Ni corto ni perezoso, Junior se quitó la camiseta, cogió un cartón y se metió debajo del coche a ver qué estaba pasando. Tras unos minutos debajo del coche con la linterna del móvil como única iluminación, nos pidió que buscásemos un “absorbente”. Nos miramos confundidos entre los 4, pero llegamos a la conclusión de que era una “pajita” de las que se usan para beber los refrescos. Para poneros un poco en situación, estábamos en una gasolinera en medio de la nada, con gente que tenía pinta “bastante chunga“ alrededor, en donde por cierto, éramos los únicos turistas.

Entramos en la tienda de la gasolinera y en una pequeña tienda que había al lado, y conseguimos una pequeña canita de las que vienen en los zumos. Junior intentó arreglarlo, pero nos dijo que necesitaba algo más ancho y que tenía que llamar a su primo que vivía cerca, para que llevase un tubo de plástico. Un rato después apareció su primo en un increíble coche clásico del que presumía de ser de los pocos en La Habana que tenía aire acondicionado. Nos lo enseñó muy orgulloso, para descubrir que con el fin de tener el ansiado aire, había hecho un apaño de lo más ingenioso: en la parte delantera del vehículo, justo debajo del salpicadero, había metido un aparato de aire acondicionado como los de las casas (típico rectángulo blanco que se cuelga en la pared). No sabemos cómo hizo que funcionase ahí dentro, pero una cosa es segura: el ingenio y el arte de los cubanos para arreglar cosas, es más que admirable.

Coche estropeado

Y hablando de arreglar cosas, con el tubo de plástico que le llevó su primo, y con un par de bridas, Junior hizo que su coche volviera a funcionar y nos dejó a todos sanos y salvos en nuestros destinos. De hecho, el pobrecillo que estaba un poco abochornado por todo lo que había ocurrido, no nos quería cobrar el viaje, pero por supuesto, se lo pagamos – además de haber sido un encanto, nos había llevado todo el camino

Nuestro viaje llegó ahí a su fin, al igual que la aventura compartida con Yass y Mel (a los cuales debemos agradecer que nos dejaron 10 CUC antes de irse para poder llegar al aeropuerto al día siguiente, porque con el lío de Cayo Levisa, nosotros nos habíamos quedado a 0).

Nuestro viaje a Cuba fue una auténtica maravilla, sobre todo, por todas las personas que conocimos… Y como os podéis imaginar, no hablamos únicamente de todos los cubanos que compartieron con nosotros trocitos de su vida, sino de Yass y Mel, que hicieron que nuestras vacaciones fueran inolvidables, llenas de risas, recuerdos bonitos, anécdotas y un miedo totalmente irracional a las garrapatas que nos acompaña allá donde vamos. 😛

Chicos, si estáis leyendo esto, ¡esperamos veros muy pronto!

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